Embrunman. Primeros correcas en el Ironman más duro del mundo

bienvenidos al infierno

Embrunman 2019, “LE MYTHE

crónica de Argimiro Collado

📌Así es como autodenominan los habitantes de Embrun a su triatlón.

Y digo su triatlón porque aquí no estamos hablando de franquicias con evidente espíritu comercial, sino
una prueba cuidada y mimada por su pueblo. Ésto se traduce en un sinfín de pequeños detalles
que gustan a los nostálgicos de este deporte.

Sin embargo, cuando uno cruza la meta de tal codiciada prueba descubre la acepción de MITO o encaja perfectamente con la realidad.

Aquí no hay historias ficticias o maravillosas aumentadas con los años por la tradición oral, aquí la
dureza y belleza son muy reales. Por lo tanto, “L`essence” quizás sería más apropiado.

📌 esta época de “postureo”, de “marketing”, de “merchandising” y de cifras astronómicas, volver a la
esencia del triatlón, quizás sea el mejor valor de esta prueba.

Una escueta pancarta a la entrada del pueblo, un mini-arco de llegada y un “expo-village” familiar nos reciben a la llegada.

La expedición valenciana

Por lo visto y afortunadamente, el número de insensatos en nuestra sección de triatlón
es bajo, con lo cual, acudimos a esta cita tan solo 4 veteranos forjados en mil batallas.

📌 Rafa, pionero, valor seguro y maestro de todos aquellos que nos hemos dedicado a la larga
distancia. José Antonio, otro amante de esta disciplina, con varias muescas en su revólver y
alguna cornada.

Además de amigo es mi compañero de viaje, y compartir estos momentos de
dudas, miedos, exaltaciones y alegrías, es un privilegio.

Por último, Juan, antiguo miembro de
la sección, amigo fiel de mil batallas y veterano también en estas lides.

Una combinación perfecta experiencia/azar hace que por una vez en la vida tengamos
en hotel de concentración cerca de la salida.

Corrijo, cerca no.

Nuestro cuartel general es una prolongación de la línea de meta. Y con ello, evitamos la emocionante aventura de aparcar “el
día de autos”, sorteando esos momentos tensos de atasco matutino en los que algún triatleta
ha “fondeado” su coche en el mismo lago de la natación con tal de deshacerse de él.

Los preliminares

Recogida de dorsales en consonancia, o sea, escueta.

⛺️ “tipo camping”, cartelito con los números de dorsal y “paisano voluntario”, rotulador en mano para tacharte de la lista.

Aquí si hay bolsa del corredor “sensu strictu”, o sea, una bolsa de plástico con tu dorsal (que
tras su cometido inicial y en un alarde de “reciclabilidad“ se convierte en “bolsa de
necesidades especiales” para el km 100.

Además, en un alarde de generosidad, te regalan una camiseta “souvenir” por si no consigues la de finisher (opción probable habida cuenta de la dureza de la prueba, que se confirma más tarde por un nada desdeñable porcentaje de
abandonos/fuera de control del 17% de los salidos).


😳😳Un dato me llama poderosamente la atención (y me asusta). No consigo ver a nadie
con un índice de masa corporal superior al mío 🤣 sospecho
por un momento haberme
equivocado y estar inscrito a una prueba exclusivamente “élite”.


El primer gran escollo lo sufro en la recepción y colocación del material. De inicio, en la
colocación de la bici. Aquí no hay larguísimos trípodes de los que penden las bicis. Aquí, a la
antigua usanza (l-essence), se usan unas modestas vallas de obra (aprovechando el parón
vacacional del sector de la construcción) en las que solo los más hábiles consiguen colocas sus
bicis sin rayar el cuadro.

😱😱 Y en segundo lugar, una escueta caja plegable en la que tienes que colocar todo tu material. Nunca en mi vida he sufrido tanto, ya que quien me conoce sabe que acostumbro a viajar y participar con un contenedor de material y “por si acasos”. Se habla que María Kondo, la nueva gurú del orden, está escribiendo un libro sobre este maquiavélico
problema.

Al final, las “multicapas”, la construcción en altura y los compartimentos con bolsas
me solventan en problema.

Sector natación 🏊🏼🏊🏼🏊🏼


Solventado de inicio tema parking coche y ritmo intestinal, de golpe y porrazo estamos ya en la
“parrilla de salida”.

A pesar de ser noche cerrada, parece ser que el miedo que llevamos encima dilata las pupilas y se puede intuir el recorrido y sobre todo la distancia de seguridad con el triatleta precedente.

Tenía avisado al otorrino de guardia por si era necesario desempotrar algún pie de mi faringe o chocaba de bruces irremediablemente con el pantalán más próximo.

🏊🏼Por lo tanto, disfruto de una natación relativamente agradable, disipando mis miedos iniciales.


Habiendo optado por la modalidad bañador y neopreno, aparece el segundo escollo de
la prueba. A pesar de que hay una escueta carpa para cambiarse, ir a ella supone un trasiego
importante (recordar que todo está embutido a presión en una caja a los pies de una inestable
bici).

Desnudarse y ponerse el traje de ciclista, con una toallita atadita a la cintura, aparte de
no ser “pro”, es complicado, con el riesgo añadido de quedar descalificado por “nudismo” (que
tampoco queda “pro”).

Solventado el tema vestuario (10 minutos, una eternidad), desencajo la
bici de la valla (suerte la mía, están todas las piezas) y me dirijo a la batalla campal.

Sector ciclismo

🚴🏼 🚴🏼🚴🏼Decir que este sector es duro, resulta obvio, a sabiendas de los prometidos 3800 metros de
desnivel positivos.

Pero coger la bici, montarte en ella y a los escasos 100 metros enfrentarte a un puerto de 8 km, con rampas considerables es como mínimo, medieval.

No se trata de ir rodando, colocándote los adminículos y cogiendo el ritmo, NO, o subes o caes, tú eliges.

Eso sí, los temores iniciales al frio, desaparecen rápido con el calentón inicial.

Pasan los kilómetros e inexorablemente nos acercamos a nuestra bestia negra, el Col
d´Izoard. Un puerto larguísimo, anfiteatro de múltiples gestas ciclistas y en el que esperamos
no perecer como gladiadores. A falta de 14 km y tras otros muchos de pendiente suave pero
constante, la bestia ruge y las rampas del 10% se suceden unas otras y tiran por suelo esa
bonita sensación de que habíamos llegado entrenados a la prueba.

A pocos kilómetros de la cima, en La Casse Deserte, el cansancio acumulado no te deja disfrutar el paso por uno de los
lugares míticos del Tour, donde cuenta la leyenda que los campeones llegan solos (nosotros
llegamos exhaustos).

Cima y alegría contenida, pues habiendo superado el principal escollo, la faena no está
acabada. Toca abrigarse algo y bajar con precaución, no vayamos a echar por tierra
literalmente el trabajo realizado hasta ahora por emular a los grandes “bajadores”.

Siguiente banderilla al estoico ciclista, el viento.

La ausencia de aerogeneradores inspira la falsa tranquilidad de que estamos en una zona tranquila…FALSO…y como no podía ser de otra forma, siempre de frente.

Y como no hay prueba que se precie que no tenga su muro, esta para no ser menos tiene su particular suplicio. “Pallon” le llaman, con casi 3 km con rampas superiores al 10%.

Sinceramente, como para enviar al señor organizador a freír espárragos.

Superado el trance (solo he perdido el páncreas en este esfuerzo titánico), llegando a
la T2, con la miel en los labios y viendo ya a los triatletas más capaces corriendo (reitero, es
una falta de educación no esperar a los más torpes), te desvían a subir otro puertecito de casi
8 km. ¡Vaya!, unas risas que te entran.

Menos mal que nos lo habían avisado, de lo contrario
estaría la pobre bici ardiendo todavía en estos momentos.

Sector carrera: “COURAGE”

Técnica, técnica dice el míster


Y a pesar de que los profanos nos preguntan siempre como afrontamos una maratón
después de soberana paliza ciclista, es tal la liberación que sientes al dejar la bici, erguir la
espalda y descubrir que sigues teniendo pies, que disfruto una vez más al empezar la maratón.

Carrera a tres vueltas: reconocimiento, sálvese quien pueda y ”ya solo me queda
esta”. Como era de prever, el público volcado (“Le mythe” es “Le mythe”). Aquí añadimos un
nuevo grito de animo, “COURAGE”, a nuestro glosario de triatletas por el mundo ( “oso ondo”,
“well done”, …).

No hay espectador local que no te sonría con esta palabra al verte pasar y
cierto es que se agradece.
El recorrido es entretenido y pasan los kilómetros. Por fin tengo contacto visual y
dialectico con mis compañeros.

Rafa me dobla ya en la primera vuelta y va camino de una
nueva gesta en su décimo ironman, Juan, que se ha liberado de la bici algo más tarde que yo,
hará valer su sólida carrera y me adelantará en la segunda.

Como debido a temas logísticos, no me acompaña mi familia (cuanto se echan de menos esas palabras tan bonitas de “ánimo
papá, ánimo)
, me adoptan las familias de mis compañeros, y como siempre, su cariño es piedra
fundamental en este sector.

Me informan que mi compañero de viaje abandona por
problemas intestinales y me duele. Aunque admiro su cordura y veteranía al anteponer su
salud a la gloria, gesto que le honra.

LLevo gafas por los flashes de la prensa, aunque sea de noche, molestan

Y llegamos a la última vuelta, cuya mística solo pueden entender aquellos que la han
vivido. En el tablero de juego, las estrellas han desaparecido y quedamos los supervivientes,
cada metro que corres ya es historia, el dolor ha desaparecido por completo y aunque tienes
muchas ganas de llegar, te gustaría que se prolongara.

Llevo once últimas vueltas y todavía no
soy capaz de explicarlas. Justifican todo y le dan sentido a esta extraña afición a la que le debo
mucho. Cojo con fuerza mi bandera y disfruto como siempre de los metros finales.

Ahora SÍ soy un Embrun MAN
Ahora SÍ soy un Embrun MAN

Soy feliz.

Embrun. Agosto 2019.